Temporada de Archiduques

por Eric Calcagno

La situación no pintaba fácil para los conspiradores. El que tenía que actuar primero no hizo nada, quizás por un miedo escénico provocado por el policía a sus espaldas. La fila de autos continuó su camino rumbo a la intendencia. Otro complotado emplazado en el camino de la comitiva oficial tampoco se movió.

A metros de allí, el tercer conspirador lanzó una especie de granada sobre el coche, pero con tan mala puntería que el explosivo rebotó en la parte trasera y alcanzó al segundo auto. Heridos, gritos, corridas. La voz corrió entre los restantes complotados –pues había varios- que el atentado había fallado. Cada cual a su casa.

Luego del acto municipal, el Archiduque Francisco Ferdinando de Austria insistió en visitar a los heridos del bombazo, ya internados en el hospital. La Condesa Sofía, esposa de Francisco Ferdinando, no quería saber nada. El gobernador sugirió tomar la costanera Appel, al lado del rio Miljaka, ya que a mayor velocidad, mayor seguridad.

Pero a la altura del puente Latino, en la esquina donde un señor Schiller vende delicatessen, el chofer quiso doblar a la derecha, pero el gobernador lo corrigió. Al intentar hacer marcha atrás para retomar la costanera, el motor se ahogó. La pucha con los choferes.

Esto es lo que vio el estudiante Gavrilo Princip, uno de los complotados. Aprovechó la ocasión. Le bastó hacer tres pasos para levantar el brazo, apuntar como le enseñaron y disparar dos veces. La primera bala impactó en el cuello del Archiduque, la segunda en el abdomen de Sofía, que intentó cubrir al esposo. Dos coches atrás estaban Sofía (h), Maximiliano y Ernesto (entre diez y catorce años), los hijos del Archiduque y de la Condesa, sin saber que son los primeros huérfanos de la llamada Primera Guerra Mundial. Por cierto, el 28 de junio de 1914 fue un hermoso día soleado en Sarajevo, sin nubes y con poco viento.

Un mes después, el Imperio Austro-Húngaro le declara la guerra al Reino de Serbia, supuesto promotor del asesinato; en el mes que sigue el Imperio Alemán entra en guerra contra el Imperio Ruso, y declara la guerra a la República Francesa; el Reino Unido entra en guerra para defender la neutralidad belga violada por Alemania; Austria-Hungría declara la guerra a Rusia; Serbia al Imperio Alemán; el Reino de Montenegro a Austria Hungría, junto con Francia y el Reino Unido; Bélgica contra Austria-Hungría; Japón a Alemania; Austria-Hungría a Japón; Rusia al Imperio Otomano, como también lo hace Serbia; Francia y El Reino Unido contra los otomanos, ya en noviembre del 14. Los vinos de Burdeos de esa cosecha fueron considerados excepcionales, ricos, opulentos, con notas de savia (especialmente los dulces). Aunque efímeros.

Ese conflicto generalizado aparece como el resultado de múltiples tratados cruzados entre los diferentes países, alianza franco-rusa, entendimiento anglo-francés –la famosa entente cordiale– acuerdo anglo-ruso sobre zonas de influencia, para mencionar algunos de un lado, mientras del otro lado está la triple alianza entre Alemania, Austria-Hungría e Italia. Italia será neutra al comenzar la guerra, dejará ese lugar al Imperio Turco.

El problema de tal complejidad de alianzas es que los intereses generales y regionales de cada potencia, los que originan esos acuerdos, pueden verse comprometidos en asuntos más particulares, de naturaleza bilateral y local. Es lo que sucedió con Austria-Hungría y Serbia: un asunto policial devino un asunto de Estado, ya que los austríacos le querían dar una lección a los serbios, qué tanto.

Un poco más tarde, en 1915, Italia entrará en guerra contra Austria-Hungría, Alemania y Turquía –los imperios centrales- a favor de los aliados, con fuertes promesas de compensaciones territoriales. En 1916, el candidato Woodrow Wilson utilizó como eje de su campaña para conseguir la reelección presidencial estar fuera de la guerra; el reelecto Presidente Woodrow Wilson hará entrar en guerra a los Estados Unidos. Nunca es tarde cuando la dicha es buena.

Es interesante analizar la entrada en guerra de Estados Unidos.

Alemania declaró la guerra submarina a ultranza en 1917 –tercer año de guerra-, lo que significaba que cualquier barco podía ser hundido sin previo aviso, por más neutro o civil que sea o parezca. El bloqueo de los aliados a las potencias centrales provocaba desabastecimiento y hambruna; la respuesta era pagarles con la misma moneda. O eso pensaron en Berlín.

El Canciller Bethmann-Hollweg advirtió al alto mando alemán que esa acción significaba la entrada en guerra de Estados Unidos. Le contestaron que los daños infligidos por la interrupción de suministros y víveres serían suficientes para que el Reino Unido pida la paz antes que los Estados Unidos puedan movilizarse a favor de los aliados.

Al mismo momento el entonces Ministro de Relaciones Exteriores de Alemania, Arthur Zimmermann, no tuvo mejor idea que mandar un telegrama secreto a su embajada en México. Allí proponía una alianza contra los Estados Unidos, en el caso que estos entren en guerra: Alemania prometía ayuda financiera y la devolución de parte del territorio mexicano perdido en 1846. Como el código alemán ya había sido descifrado por los rusos antes de la guerra, los británicos le sirvieron en bandeja esa información a Wilson.

Desde una perspectiva aristotélica, la entrada en guerra de los Estados Unidos puede explicarse por la causa material, que es la guerra a ultranza que no distingue civiles y militares, neutros o beligerantes; la causa formal es el telegrama Zimmermann; la causa eficiente es el uso de submarinos para hundir buques; la causa final es poner a los Estados Unidos en el rango de las Grandes Potencias. Para eso sirve la dialéctica, que es el método de la lógica. Gracias Aristóteles, esdrújulo estagirita.

Sigamos con Barbara Tuchman, que dedica varios párrafos a esta política alemana en su libro “La Marcha de la Locura – de Troya a Vietnam” (publicado en 1984), justo en su capítulo sobre “políticas contrarias al propio interés”. Allí leemos que para calificar como locura una determinada política, esa acción debe haber sido calificada como demencial en su propio tiempo, y no con posterioridad, pues “nada es más injusto que juzgar a las personas del pasado con los criterios del presente”.

Además, continúa Tuchman, es preciso que hayan existido alternativas viables en el momento de la toma de decisiones. Por último, no debemos considerar una acción individual, sino que el error debe corresponder al comportamiento de un grupo dirigente.

Esas tres condiciones estaban reunidas en el alto mando alemán, cuya guerra submarina a ultranza provocó la entrada en guerra de los Estados Unidos, lo que precipitó la derrota de los Imperios Centrales.

De este modo, “la locura es independiente de épocas o lugares; es intemporal y universal, aunque la forma que adopte depende en particular de los hábitos y creencias de un determinado tiempo y espacio. Surge en cualquier tipo de régimen: la monarquía, la oligarquía y la democracia la producen por igual. Tampoco es particular a una nación o una clase”.

Quizás estas reflexiones puedan servir para esbozar un análisis de la actual crisis en Ucrania.

A tal efecto, debemos remontarnos a la caída de la Unión Soviética, un acontecimiento tan calamitoso para la época como en otros tiempos fue la caída del Imperio Romano, con el que tenían tantos parecidos, y no siempre de los buenos.

El asunto es que con la disgregación del bloque soviético en Europa, también desaparecía el Pacto de Varsovia, creado en 1955 para responder a la creación de la OTAN en 1949 (con un poco más de precisión, la causa efectiva del Pacto fue el rearme de la República Federal de Alemania).

En los momentos de la caída del muro de Berlín, ante la inminencia de la reunificación alemana, los líderes del llamado “mundo libre” necesitaban aún el visto bueno de la agonizante Unión Soviética. El trato fue que nada impediría la reunificación germana, nada se haría en contra de la disolución del llamado bloque socialista, pero a cambio los países occidentales no deberían incluir en su sistema de alianzas militares a los países de la futura e inminente ex-zona de influencia de la URSS.

Según Luis Segura, periodista especializado en temas de defensa del portal RT, Gorbatchov, último gobernante de la URSS, y Shevernadze, su ministro de relaciones exteriores, recibieron garantías por parte de “George H.W. Bush, y su secretario de Estado, James Baker; el presidente de la República Federal de Alemania, Helmut Kohl, y su ministro de asuntos exteriores, Hans-Dietrich Genscher; la Dama de Hierro, Margaret Thatcher, el primer ministro del Reino Unido, John Major, y el ministro de Asuntos Exteriores británico, Douglas Hurd; el presidente de la República Francesa, François Mitterrand; el secretario general de la OTAN, Manfred Woerner; y el director de la CIA, Robert Gates

Era previsible que Alemania del Este entre en la OTAN al momento de la reunificación. Pero en 1999 adhirieron la República Checa, Hungría y Polonia; en 2004 fue el turno de Bulgaria, Estonia, Letonia, Lituania, Rumania, Eslovaquia y Eslovenia; en 2009 Albania y Croacia, y en 2017 Montenegro, que era parte de Yugoslavia, ese país destruido por la OTAN en 1990. Hasta en el propio Departamento de Defensa hubo voces que señalaban tal insensatez.

Ya la inclusión de Estonia, Letonia y Lituania, que pertenecieron al Imperio Ruso desde el siglo XVIII, viola de pleno la palabra dada por “occidente” al incluir en la Unión Europea y en la OTAN tres ex repúblicas socialistas soviéticas, cuya única historia independiente anterior de esos mini-estados cabe en las dos décadas que van de 1919 a 1939.

Digamos también que no faltan alianzas cruzadas: Organización para la Seguridad y la Cooperación en Europa, OTAN, UE, Organización del Tratado de Seguridad Colectiva, CEI y tratados bilaterales. ¿Suena conocido?

Ahora, sobre la base del golpe de Estado de febrero de 2014 que derrocó al presidente electo Yanukovich, en una Ucrania dividida al oeste por pro-occidentales, con presencia de elementos de extrema derecha, y al este por mayorías pro-rusas, las regiones de Donetz y Lugask, con milicias territoriales que piden la inclusión en Rusia, con la recuperación de Crimea por parte de la Federación Rusa, nos encontramos en un contexto signado por la balcanización, lo que no es una buena noticia, ya que Sarajevo queda en los Balcanes.

Las cosas han cambiando: ya no existe el Pacto de Varsovia, no existe la Unión Soviética y el socialismo realmente existente ha caído en Europa. ¿Para qué insistir en la expansión de la OTAN hacia el este? ¿No era eso ganar la “guerra fría”?

Pero qué hacer con la cantidad de conocimiento acumulado, así como la cantidad de armamento producido: tantos prejuicios merecen tener un sentido. Aunque ha habido cambios significativos, sería bueno que a la hora de tomar decisiones los occidentales tengan presente lo que no ha cambiado. Eso que es llamado cultura política.

No es necesario leer las obras completas de Pouchkine, Tolstoi, Dostoievski, Pasternak o Grossman (aunque sí es provechoso) para entender que la invasión del territorio es algo que los rusos no aceptan, ya sea en la época de los zares, durante el comunismo, o desde el establecimiento de la Federación Rusa. Charles de Gaulle, un líder culto, siempre decía que el comunismo podía durar o pasar, pero que siempre estaría Rusia. Y los rusos.

Entre los héroes siempre venerados está Alejandro Nevski, que derrotó a los caballeros teutónicos; Pedro el Grande que venció a Carlos XII de Suecia; Koutusov, que destruyó al Gran Ejercito de Napoleón; la derrota de las intervenciones extranjeras contra la Revolución de Octubre a manos de un ejército rojo recién creado… Lo que los occidentales llaman la Segunda Guerra Mundial es para los rusos la Gran Guerra Patriótica, donde dejaron veinte millones de muertos entre 1941 y 1945… Y en efecto, como podemos notar, todas esas guerras fueron… defensivas.

Así, contar con un espacio más o menos neutro, más bien poco militarizado, incluso independiente, pero que asegure las fronteras de la Federación Rusa es un imperativo categórico para el conjunto del pueblo ruso y para cualquiera de sus gobernantes. No encontramos del lado ruso ninguna semejanza con las insensateces cometidas por el alto mando alemán durante la primera guerra mundial.

Por el contrario, al leer el New York Times, el Washington Post o recorrer el website del venerable y respetado Council on Foreign Relations (CFR) nos encontramos con un relato belicista permanente. Bloomberg anunció la entrada en guerra de Rusia contra Ucrania… pero era falso. Hasta marcan la cantidad de soldados rusos que entrarán en Ucrania, tanto sus objetivos como su armamento. Parecen mejor informados que el Kremlin mismo. La demonización de Putin es suficiente como para elaborar una enciclopedia de fake-news.

Esto es en extremo complejo, dado que toda teoría encierra una práctica. Si un decisor occidental trata de reducir la realidad a las categorías propias, derivadas del relato dominante, es probable que quede regido por sus deseos, sus temores o sus necesidades inmediatas.

Es el caso del hasta ahora Primer Ministro inglés, cascoteado en el Parlamento británico hasta por los propios. Es el caso de Joe Biden, que cuenta con una notable baja de popularidad en año y algo de mandato, que hasta los progresistas califican como decepcionante.

En esta crisis encontramos las características de la insensatez mencionadas por Barbara Tuchman. El primer punto habla de la existencia de opiniones diferentes a las dominantes: sobran voces en los Estados Unidos para denunciar la inutilidad de una marcha a la guerra con Rusia, y por su parte el Presidente francés Emanuel Macron busca desescalar un conflicto que será desastroso para Europa, en particular en el ámbito energético.

En segundo lugar, existen alternativas viables a la mera agresión, que van desde la negociación en Naciones Unidas hasta la Organización para la Seguridad y Cooperación en Europa, que reagrupa 57 países.

El tercer punto define que la insensatez no debe ser un caso individual, sino colectivo. Esto está demostrado por la casi unanimidad de los establishments norteamericano y británico, de su prensa dominante, del envío de armas a Ucrania, en un belicismo digno de mejores causas pasadas.

En ese contexto pareciera que las causas materiales de la agresión a Rusia son por un lado la necesidad de “occidente” en recobrar un poco del prestigio perdido en las diferentes retiradas de oriente, que no fueron precisamente victorias (Irak, Afganistán, Siria), así como sostener el complejo militar-industrial y el saber anticomunista acumulado durante décadas, por otro lado. Que la realidad haya cambiando no hace nada a las premisas teóricas, por más que atrasen.

Una posible causa formal consiste en abroquelar el frente interno por parte de algunos gobiernos occidentales que son incapaces de resolver sus propios problemas en casa.

La causa eficiente consiste en considerar que las maniobras rusas, aunque realizadas en territorio propio o en de algún país aliado, amenaza al régimen de Kiev, que deviene un baluarte de la soberanía y de la libertad (me remito al CFR) frente al oso ruso. O alegar los conflictos locales en la región del Donbass.

La causa final es mostrar quién manda en el mundo. Nada de multilateralismo, hay que demostrar a Rusia, y sobre todo a China, quien detenta el poder mundial. Esto es preocupante, ya que los conflictos suelen crear o solidificar los frentes internos, aunque si bien uno sabe cómo entrar en guerra, es difícil saber cómo saldrá de ella. Basta preguntarle al Káiser Guillermo, al Zar Nicolás II, a Carlos I de Austria cómo estaban en 1919…

Nedeljko Cabrinovic –el que lanzó la granada- fue el único de los complotados que expresó su arrepentimiento de manera pública durante el juicio por el atentado de Sarajevo, además de pedir perdón a los hijos del Archiduque Francisco Ferdinando y de la Condesa Sofía. Al conocer esa noticia, Sofía (h) y Maximiliano –no así Ernst- le escribieron una carta personal a Cabrinovic donde lo perdonaban por la muerte de sus padres. Su conciencia puede estar en paz, le dijeron.

¡Extraño destino el de esos niños! Su padre era el heredero del Imperio Austro-Húngaro, pero ellos estaban descartados de la sucesión, ya que la Condesa Sofía era checa y no una hausburgo. Pero así parece que son los matrimonios por amor. Al caer el Imperio Austro-Húngaro, perdieron propiedades e ingresos, en especial en Checoslovaquia, aunque les quedaron varias propiedades, en especial el castillo de Artstetten, en Austria.

Ferviente antifascista, Maximiliano militó contra la anexión de Austria al Tercer Reich. Nobleza obliga. Consumado el anschluss en 1938, las propiedades fueron confiscadas por los nazis, que mandaron a Maximiliano y a Ernst al campo de concentración de Dachau, donde debían limpiar las letrinas, para gran regocijo de Goering, dicen, feliz de meter a Príncipes en la mierda. Al cabo de un tiempo fueron liberados.

En 1945 Maximiliano volvió a Artstetten, donde los soviéticos le permitieron presentarse como candidato a Intendente, cargo que ejerció por dos mandatos. También sus padres descansan allí, asesinados por causa de un conflicto local que, por la marcha de la locura de los dirigentes, llegó a ser una guerra mundial. No abramos otra temporada de Archiduques.

Eric Calcagno

Sociólogo y egresado de la Ecole Nationale d'Administration de Francia. Periodista y docente. Fue Embajador de la Argentina en Francia, senador y diputado nacional. Autor de la Ley Nacional de la Música. Afiliado al Partido Justicialista, autor de una decena de libros. Integrante del equipo periodístico de El laberinto, programa de radio que se emite por AM740 Radio Rebelde.

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *