¿Hacia una nueva «normalidad»?

La opinión pública fluctúa entre la distopía de esta pandemia, el encierro forzoso, la cuarentena, la perdida de vínculos y un ingenuo optimismo imaginando una posible recomposición de las formas de vida imperantes antes de ésta. Es muy probable que la realidad ya no sea la misma, pues es muy improbable un retorno a la así llamada «normalidad».

Si, en cambio, nos preguntamos por el «Estado, la administración y las políticas públicas en la nueva normalidad», tendríamos que partir del supuesto que el estadio anterior era una «normalidad» y el coronavirus vino a ser un agente patógeno que irrumpió en ella trastocando un «orden legitimado». 

Creo que el mundo anterior al coronavirus era ya de por sí muy injusto e ilegítimo. Veamos algunos ítems al respecto:

  1. Los conflictos de la humanidad con el medio ambiente, de cuya destrucción estamos dando cuenta con estas pandemias, donde se confunden los hábitats del mundo de los humanos y el de los animales por la destrucción u ocupación creciente de hábitat de estos últimos.
  2. Los reiterados conflictos bélicos que hemos visto en estos últimos años (Iraq, libia, Siria, Afganistán, Croacia, Crimea, por sólo señalar algunos de ellos).
  3. Las crisis de minorías étnicas, religiosas, guerras civiles, migraciones masivas por conflictos armados o hambrunas o simplemente por falta de horizonte para el desarrollo humano.
  4. La gran concentración de la riqueza que se ha operado en los últimos años Los 2153 milmillonarios que hay en el mundo poseen más riqueza que 4.600.000.000 de personas (un 60% de la población mundial), según revela Oxfam en un informe publicado en el Foro Económico Mundial de Davos 2020 (Suiza).
  5. Paulatinamente se han ido disminuyendo en el mundo los impuestos a la riqueza, lo que ha generado mayor desigualdad y no el crecimiento que sustenta la teoría del derrame, ya muchas veces comprobada como falaz. Crece la pobreza, la desigualdad social y particularmente grandes mayorías tienen serias dificultades para el acceso a la salud y la educación.
  6. En lo político, existen serias crisis de representación que en sus manifestaciones extremas se expresan como Brexit, movimientos secesionistas o independentistas. Otras en crisis de los partidos políticos como vemos en Italia, Francia y otros países europeos. En otros casos, surgen personalismos, como los recientes ejemplos de EE.  UU, Brasil, Polonia o Hungría, que pretenden encarnar esas reivindicaciones que los sistemas de representación tradicional han dejado de articular.
  7. Durante el siglo XX el sujeto político tenía reivindicaciones estables y eran articuladas por los partidos políticos. Cada uno canalizaba las demandas de su sector o clase. Los socialistas y laboristas representaban los trabajadores, los radicales y socialcristianos a los sectores medios y los conservadores a los sectores altos de la sociedad. Cuando estos últimos perdieron su rol articulador se trocaron en fascistas. En el siglo XXI el sujeto político tiene reivindicaciones inestables y en un hilo no siempre coherente, como en el modelo anterior, los vemos en las manifestaciones anticuarentena, por ejemplo. Su razón de ser es el antialgo, pero le es muy difícil construir. Mediante este proceso se puede tener presencia mediática e incluso ganar elecciones, pero solo las reivindicaciones positivas pueden construir algo, igualdad de la mujer, nuevos derechos, o reivindicaciones concretas, trabajo, vivienda, salud, educación etc. Esto es la antipolítica, versus la Política con mayúscula.
  8. Hacía fines del siglo XX se produce un sustantivo cambio en rol de los medios comunicación, que pasaron de ser dadores de información y garantes del sistema democrático a constructores de subjetividad. De esta manera pasan a constituirse en garantes de un sistema de acumulación del que forman parte, apelando de ser necesario a las noticias falsas y la desinformación si lo consideran conveniente, aún en desmedro de los sistemas democráticos del que alguna vez fueron custodios. Su rol, en muchos casos, suele ser el de deslegitimar todo poder que no sea el económico.
  9. A partir de la crisis de 1976 el Estado benefactor ha ido desapareciendo. Los partidos socialdemócratas se han convertido en neoliberales, dándole la espalda a sus electorados y dejándolos sin representación, lo que explica los fenómenos descriptos en el punto anterior. Eran los que otorgaban estabilidad en la posguerra de los países desarrollados, al menos en Occidente. Este movimiento se ampliaba en los países en vías de desarrollo donde existían fuertes movimientos sindicales y sociales y en los países recientemente descolonizados donde primaban los movimientos de unidad nacional postcolonial. Ya en la década del 90 este mundo había desaparecido completamente, con la caída del muro de Berlín y el fin de la guerra fría.
  10. En forma paralela, el capitalismo productivo comienza a dar lugar al financiero. Este último crece anualmente quince veces más, promedio global, que la economía real. No pudo sostenerse y un primer anuncio de crisis global se da en el 2008, se rompen las burbujas y la financiarización.Pero los Estados acuden en ayuda de bancos y el sistema financiero. No de los marginados por la crisis que perdieron su capital y viviendas. La pandemia del coronavirus vuelve a plantear el mismo dilema: o se retorna como en el 2008 a una mayor concentración de recursos en los actuales detentadores del poder global y por ende profundizando las desigualdades e injusticias o se desarrolla un modelo de capitalismo inclusivo superador del anterior o de neocapitalismo.
  11. Así nos encontramos hoy en día. La crisis es peor que la de 1930. Muchos Estados están tratando de ayudar para que exista una economía postpandemia y que la crisis de exclusión no sea de tal magnitud que todo salte por los aires. El dilema es si el Estado atiende a los que se encuentran en estadios de indefensión que ya no son sólo los sectores más postergados, sino que también los sectores medios que vieron perder sus ingresos, comercios, minipymes, empresas y emprendimientos familiares, acentuando la desigualdad social y la concentración de riqueza en muy pocas familias o vuelve a atender a las finanzas y el poder concentrado como en el 2008. La paradoja es que hasta algunos de los ultramillonarios más lúcidos se dan cuenta de lo insostenible de la situación y claman por que se les cobren más impuestos.

¿Qué Estado, administración y políticas públicas serán necesarias en la postpandemia?

  1. Lo primero que debemos decir es que no hay una nueva normalidad, no hay ninguna «normalidad». Lo que hay son relaciones sociales construidas en función de las relaciones de poder que se dan en determinado momento histórico. El interrogante difícil de responder es cuál será este a nivel global postpandemia. Siendo esta, como viéramos someramente en las líneas anteriores, meramente una variable interviniente en un mundo en transición, multipolar y con la lucha por el predominio, al menos económico, entre dos superpotencias.
  2. Lo segundo y que ya está siendo obvio es que el rol del Estado forzosamente es creciente, al menos en esta etapa. ¿Lo seguirá siendo después? Esto continuará seguramente la lucha ideológica que se venía dando prepandemia, pero con un protagonismo reforzado del rol del Estado como gran regulador y sostenedor de las relaciones sociales. En esto, creo se parecerá mucho más a los modelos postcrisis del 30 y post Segunda Guerra Mundial, un «Estado de Bienestar» repotenciado, como lo estamos ya viendo en estos días. No creo que pueda hacerse como en el 2008, donde surgieron inquietudes regulatorias de los sistemas financieros en el ámbito de las ONU y del G20, pero fueron rápidamente dejadas de lado por los lobbies de los bancos y las finanzas internacionales.
  3. Ya se está comenzando a hablar de un ingreso básico mínimo universal, cuyo financiamiento será el gran capital, particularmente el rentístico, el impuesto a las transacciones financieras, la imposición universal (para evitar elusiones y paraísos fiscales); los impuestos a la robótica (que propone Bill Gates) y otras formas de redistribución de la riqueza y búsqueda de equidad igualando oportunidades de acceso a la educación —gran factor de inclusión— a la salud, a la vivienda y al trabajo, el gran ordenador social, el arraigo de familias a la tierra evitando las migraciones y dotándolas de calidad de vida y niveles de subsistencia digna.
  4. El gran desafío es cómo crear un modelo sostenible, por lo tanto, dotado de legitimidad con un gran consenso de los actores sociales y de la población. Ellas constituyen el basamento del régimen político. Esto habrá de incluir, entre otras cuestiones, los tipos de participación política, el papel de las migraciones internas y externas, el rol del federalismo, las autonomías locales, los roles máximos de poder, su estructuración y las instituciones. Entre ellas cobran especial importancia el régimen de propiedad, entendido como las reglas que describan las distintas formas de posesión aprobadas, las relaciones sociales de propiedad. El rol de la propiedad privada y pública, de la productiva, financiera, de la propiedad sobre el suelo y el subsuelo, de la propiedad intelectual, así como de la regulación de los vínculos contractuales entre propietarios y arrendatarios, terratenientes y trabajadores rurales, propietarios e inquilinos, accionistas y asalariados, trabajadores presenciales y teletrabajo, igualdad entre géneros y todo otro tipo de contrato social vigente o que pudiera darse en un futuro.
  5. La búsqueda de mayor justicia e inclusión habrá de ser una demanda creciente. Pues si bien la injusticia y la desigualdad son preexistentes a la pandemia, ésta las puso de manifiesto y en carne viva.
  6. Las demandas de mayor participación por parte de actores sociales excluidos habrá de ser creciente. Será necesario recomponer los lazos del tejido social que el individualismo ha destruido. La pandemia ha demostrado el valor de la solidaridad y la fraternidad. Los sectores más organizados, aunque más pobres, superaron mejor el mal que los sectores medios desestructurados, carentes de organización y, por lo tanto, de instrumentos de acción sobre la pandemia. La inclusión es un derecho de ciudadanía y el hecho que vastos sectores sociales de la economía informal no estuvieran registrados y por lo tanto no pudieran recibir la ayuda del Estado.
  7. La participación es muy importante en todos los órdenes. Pero el caso alemán, donde el modelo productivo es participativo desde principios del siglo XX y se acentuó después de la segunda guerra, demostró que ha sido muy estable en las relaciones obrero-patronales, resaltándose su carácter productivo e innovador.
  8. La postpandemia requerirá una tributación muy progresiva, acompañada de una facilidad crediticia universal de capital de recomposición de la capacidad productiva primero y de desarrollo después y una circulación permanente de la riqueza que aumente la demanda efectiva y posibilite nuevos emprendimientos e innovación. Busca proponer un nuevo modelo económico que sea equitativo y, al mismo tiempo, sostenible.
  9. Será necesario fortalecer el multilateralismo. Así como existe la OMC para regular el comercio, la OIT debe volver a regular los salarios de convenio a nivel global como la hacía antes de 1976 (en Occidente), pero ahora a nivel global para que las empresas compitan por productividad, tecnología, pero no por salario. (De paso cabe decir que esta competencia deslocalizó las empresas de Occidente y las mudó a Oriente). El coronavirus puso de manifiesto esta dependencia y es posible que dichos Estados deseen revertir este movimiento. Algunos ya lo están haciendo. Se deberá cambiar la orientación de los organismos internacionales y la cooperación buscando el desarrollo con inclusión social. Será necesario regular mejor los intercambios comerciales y los flujos financieros y regular y gravar la circulación de capitales para lo que es indispensable un acuerdo global.
  10. En materia de administración pública, la virtualidad ha venido para quedarse. Las administraciones han demostrado poder funcionar perfectamente en forma remota. Por supuesto que no es conveniente el teletrabajo absoluto. Las relaciones interpersonales, grupales y de equipo son de vital importancia en el trabajo y en la salud mental de los empleados. Pero muchas reuniones innecesarias y costos de transacción altos podrán ser obviados.
  11. Se requerirá de un Estado inteligente. Esto hace necesaria una administración pública muy profesional, capacitada y de carrera. El gran desafío siempre es la interfase de diálogo entre política y administración. Administración sin política carece de orientación, lo ha demostrado la administración de los CEO. Su desconocimiento de lo público y su desprecio de lo político los llevó al fracaso. El mundo que se viene requiere de buena política y mejor administración. Una política sin administración es una política llena de buenas intenciones, enunciados, pero con incapacidad para llevar a buen resultado sus propuestas. La Administración Pública como órgano del Estado encargado de atender demandas sociales e implementar políticas públicas otorga legitimidad de ejercicio al gobernante. Por ello, ambos estamentos se necesitan mutuamente. El cómo lograrlo admite distintas técnicas. En Canadá, por ejemplo, siendo un régimen parlamentario, donde el ministro funge del parlamento y no suele ser, necesariamente, un experto en la materia, por lo que existe siempre un viceministro de carrera. En otros casos esto se da en los subsecretarios o en los directores nacionales. No importa cómo ni donde, lo importante es que se de esta instancia de vinculación y colaboración. Una ayuda sería que los secretarios, subsecretarios y la planta transitoria de un ministro ya haya transitado por experiencias previas en la materia del ministerio, ya sea asesorando a comisiones en el parlamento, trabajando en fundaciones partidarias, en la universidad. La profesión u otras instancias. Lo importante es que no llegue al cargo a aprender. Debería haber condiciones mínimas que reglamenten la «idoneidad» para ocupar puestos políticos de gestión o asesoramiento en el gobierno, con exclusión de los ministros, cuya cualidad es esencialmente de naturaleza política; o sea, de conducción y liderazgo.
  12. Continuando con el tema de administración pública, es necesario un mejor uso y sistematización de Big Data. Las agencias siguen recolectando estadísticas de valor para la toma de decisiones que no se articulan correcta o completamente. Lo local, cuando existe, se coordina poco con lo provincial y con lo nacional. Lo mismo ocurre entre ministerios de distintas jurisdicciones. La pandemia demostró cuan obsoleta y vulnerable es la recolección directa. Toda esta información existente en el sector público debe ser sistematizada y la legislación debe ser modernizada al respecto, siempre tutelando el anonimato y la imposibilidad de identificar personas, empresas o demás actores sociales. Hoy el mundo se mueve en torno a información y el cruce de bancos de datos.

Hemos pasado de la sociedad de masas del siglo XX a la de las individualidades del siglo XXI, a veinte años de este fenómeno, se presenta esta crisis cuyo catalizador es el coronavirus, que nos deja pensando si no es necesario reconstruir los tejidos sociales, el sentido de comunidad, la inclusión, al igualdad y la fraternidad, donde nos reconozcamos todos en el humanismo de seres vivientes con derechos y obligaciones para con nosotros y nuestros semejantes sin distinción de raza, género, clase o de cualquier otra naturaleza que nos deshumanice y de pertenecer a un mundo, a un hábitat, la tierra que es nuestra casa y que debemos cuidarnos entre nosotros y cuidar nuestro suelo, así como a los otros seres vivientes que habitamos en ella, naturaleza y animales.

¿Qué Estado, administración y las políticas públicas serán necesarias en la postpandemia? Evidentemente uno que recree la sostenibilidad, los lazos de solidaridad, justicia social, inclusión y fraternidad. Un Estado legítimo, pero también en un orden internacional más legítimo. Una mayor institucionalidad en los países y un sistema internacional articulado y comprometido con el futuro del planeta y sus habitantes.

Nota del editor: Este texto es un capítulo del libro La Administración Pública en tiempos disruptivos publicado por la Asociación Argentina de Estudios de Administración Pública (AAEAP), compilador Diego Pando, Bs. A., 2020.

Mario Krieger
Mario Krieger

Doctor en Administración de la UBA y licenciado en Ciencias Políticas y Administración Pública de la USAL. Posgrados en las universidades de Illinois y de Columbia. Director de las Especializaciones y maestrías en dirección de programas proyectos y de Gestión Pública y Desarrollo Gubernamental de la Facultad de Ciencias Económicas de la UBA.

2 thoughts on “¿Hacia una nueva «normalidad»?”

  1. Mario Kriger se destaca por ser brillante en sus exposiciones, ve debajo del agua y percibe la realidad en forma sutil. Gran profesional de las ciencias sociales con una formación singular. Un maestro ya con un lugar bien ganado en lo académico.

  2. Parece un modelo ideal de Administraciòn, pero necesitamos que funciones las Instituciones del Estado, especialmente la Justicia. Para lograr esto hay que terminar definitivamente a la corrupciòn, pùblica y privada. Y digo terminar porque no debe volver.

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