COVID-19: Responsabilidad de Estado y responsabilidad individual

Las epidemias necesitan más que responsabilidad individual. El número de casos COVID-19, comparado con la masa de población que debe exponerse cada día para mantener activa la economía, muestra que la gran mayoría es responsable. No es como sociedad que fracasamos.

Pero no alcanza con millones de «responsables». En condiciones de precariedad de transporte y condiciones laborales, basta con cientos de miles, a lo sumo pocos millones de «descuidados» para que el COVID-19 se extienda. Por esto, las epidemias son cuestión de Estado.

A la alta exposición que provocó la apertura económica, se agregó el Distanciamiento Social, Preventivo y Obligatorio (Dispo) con colectivos, subtes y trenes atestados y con aperturas de esparcimiento y flexibilizaciones que rápidamente se engancharon con las expectativas de salir del confinamiento.

Los medios agregaron lo suyo. Unos presionando, otros justificando, generando notas de color sobre cervecerías, comercios, espacios de innecesaria convivencia. En los jóvenes, si el padre o la madre se exponen diariamente ese mismo riesgo empuja a conductas compensatorias.

Nuestra cultura es «de contacto». Se abrieron las playas como si se tratara de espacios exclusivos en las que nadie se acerca a otro y se dedica a su propio ombligo y al de sus pocos cercanos. Esa no es la cultura veraniega Argentina. No vamos a cambiarla con ambigüedades.

Tampoco con represión. Cuatriciclos policiales arreando personas, además de crear mayor posibilidad de contagio por el amontonamiento y las consecuentes dificultades para controlarse, chocan con las formas resistentes que caracterizan a una sociedad que echó a dictaduras y estados de sitio.

Repasar estas cosas no apunta a condenar a quienes se esforzaron por parar la pandemia.

Algo muy grave se expresa en las tensiones de la sociedad cuando hay sectores que se oponen a algún grado de sacrificio a cambio de evitar más muertes. El gobierno nacional tuvo que lidiar con las campañas más antisociales de las que se tenga memoria en democracia y la presión de los grupos concentrados. El tratamiento de la epidemia expresó esa correlación de fuerzas en sus logros y carencias.

Las medidas anunciadas recientemente son insuficientes y no contribuyen poner en situación una realidad de catástrofe a la población.

Vale repetirlo. La inmensa mayoría de argentinas y argentinos han sostenido el cuidado, acompañaron el confinamiento y las limitaciones a que obligaba el COVID-19. Por eso se pudo contener aún más de lo que permitía el país que nos dejó el desguace sanitario 2016/2019.

Pero las aperturas turísticas y comerciales han sembrado confusión y tuvieron el efecto de poner en crisis ese acompañamiento.

También el aumento de casos, ya que en cualquier cultura conductas de esparcimiento público y no contacto es una ecuación que necesitará de una generación para ir construyendo.

A la vez, al dividir a la sociedad en categorías antagónicas (descuidados versus responsables, jóvenes versus adultos) desvía la energía necesaria para atacar la pandemia hacia estigmatizaciones y discriminaciones que atacan a quienes necesitamos para el cuidado colectivo.

Se trata de resolver esta coyuntura con un objetivo preciso: llevar la prevención del contagio al menos al ritmo de nuestra capacidad de vacunación. En la práctica, llegar a marzo con menos de 1.000/2.000 casos y con una curva a la baja. De lo contrario, el número de muertos, que ya supera Malvinas y el genocidio, podrá llegar a una cifra no sólo terrible por las vidas perdidas. También con la consecuencia psíquica desgarradora para nuestra gente: convivir con esa tragedia y ser acusada de no haber hecho lo posible para evitarla.

Es el Estado el que debe producir el giro necesario para salir de esta trampa. Para esto delega la ciudadanía su poder en un gobierno, para que resuelva los problemas colectivos.

¿Qué hacer?

—Terminar con la circulación turística que no pueda controlarse de modo estricto.

—Toque de queda en todas las geografías donde se verifique curva en alza.

—Concertar con empresas empleadoras un diagrama productivo basado en distribuir horarios para que no se recargue la circulación en ningún turno.

—Aumentar la frecuencia de transporte público.

—No ayuda ser terminante en negar la posibilidad de nueva cuarentena. Nadie tiene la experiencia epidemiológica suficiente como para demostrar que no se puede volver a fase uno, tampoco para aseverar que es posible volver. Lo cierto es que sin circulación exclusiva de esenciales y permitir al resto salir sólo por alimentos, insumos de limpieza o salud no bajaremos la curva.

—Lo concreto al respecto es convocar a una épica de salvar nuestras vidas, nuestra cultura y nuestra Nación, ayudar a la vacunación, resignar unos meses de dispersión a cambio de alcanzar una nueva diversidad con más salud y con menos muertes.

Mario Burgos
Mario Burgos

Psicólogo APS. Subcomisión de Salud Mental del Instituto Patria.

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