«El Diego»

Una feminista despide al 10

Un ídolo se construye con la proyección de lo mejor de uno mismo. Se construye en blanco. El resto, los grises y los negros se los soporta. Se los explica, se los razona, se los comprende, se los pasa por el corazón. Es como cuando los hijos hacen lo que no queremos que hagan. Nunca dejan de ser hijos por eso. Y El Diego era eso un ídolo de carne y hueso y todos lo sabíamos. Era un hermano, para los que crecimos con él.  No se va por la vida hurgando en los defectos ajenos, pero a «El Diego» le hurgamos hasta en la médula, los suyos. Por qué a «El Diego» se le pidió siempre que fuera perfecto, sin matices y «El Diego» era «El Diego». No era parecido o similar a nadie. Quién sabe, quién se imagina con una cabeza limitada, como la que tenemos cualquiera de los mortales simples, no apta para sortear siete jugadores con una pelota y hacer un gol, cómo hubiese sido, de ser «El Diego». Qué hubiese hecho, qué hubiese dicho. «El Diego» nació en una sociedad patriarcal, heteronormativa donde las mujeres jugaban a las muñecas y los hombres al fútbol; donde la idea de respeto se extendía a «la vieja» y a las hermanas. Ya lo decía el tango. Donde el sacrificio se medía en pobreza. De donde salió aquel chiquillo que decía que su sueño era «jugar un mundial» sino de la villa. Del potrero de la villa, de las calles de tierra que cuando llovía eran barro.

Victor Hugo Morales, al recordarlo decía que era una persona que lo tenía todo y en un hotel cinco estrellas, frente a un mar único, no podían cruzar los 30 metros que lo separaban del mar a tocar el agua con los pies, por los fotógrafos, por los admiradores, los que querían tocarlo, seguirlo, conseguir un favor, una nota, un poco de su cuerpo, si era posible. Hasta dónde hubiere llegado la avidez de haberle podido cortar una oreja o un dedo. Lo hicieron con el cadáver de Perón. Se lo hicieron a Evita. «El Diego» era de ese calibre, estaba a una altura en la escala de la humana a la que no podemos acceder con la razón. Pero a «El Diego» no se le perdona su vida “privada”, esa que tampoco tenía. A algunas feministas, no a todas, les molesta. Pretenden sacar el carnet de feminismo odiando a “El Diego”. Y odiando se pierden la sensación que provoca amar a “El Diego”. Al chico malo y bueno, al chico pobre y rico, al chico que llegó a ser el mejor del mundo , y en eso no hay binomio que lo defina. Algún lingüista podría explicar mejor a «el Diego» por la opositiva. Lo que «El Diego» no es, o no era. Porque no fue el mejor y el peor. Fue solo el mejor y el de todos los tiempos, el único, el más conocido, el más querido, el dios de una Iglesia propia: la maradoniana. «El Diego» fue de todos por eso cada uno, o muchos, le pusieron un defecto propio para poder odiarlo porque amar trae sus riesgos. Implica comprender, entender, contextualizar y, porque a pesar de nuestros deseos en contrario, «El Diego» era una persona al que se le pedía, se le pedía, se le pedía hasta el hartazgo, hasta que agonizara. olvidándonos de su condición, creyéndolo dios. Como si a los dioses le cupiera un amor real y no la fe.

«El Diego» podría haber sido nuestro hijo, nuestro hermano, nuestro padre. Y ya se sabe qué relación tenemos con ellos. A veces no los queremos tanto. Por qué exprimirlo a él de tal forma que no le quede nada. Sacarle el jugo hasta secarlo.

Maradona era «El Diego», eso que nadie sabe qué diablos quiere decir. Era alguien que hacía lo que nosotros no hubiésemos podido hacer jamás. Entonces como imaginar su manera de ser, que es inimaginable.

Las feministas (algunas) no quieren a Maradona, pero es imposible no amar a «El Diego». ¿Hubiesen querido de él que fuera lo que no fue?  La pregunta es ¿para qué? Para qué querían un Diego distinto, qué les hubiese sanado y por qué esta pretensión de un ser que pudo tenerlo todo y no lo tuvo, incluso.

En una entrevista con Gastón Pauls, Maradona habla de «El Diego» y le confiesa: «sabes qué jugador hubiese sido si no me hubiera drogado». Para qué o por qué quieren rascarle la piel hasta que sangre si el mismo sangró, él mismo se reconoció, el mismo se acusó, el mismo, como el Maradona que fue, hizo todo sin necesidad de que nadie tuviera que hacerlo por él. Resulta que el feminismo (no todo) le dice al Diego cómo tenía que ser sin advertir quién era y sin saber cómo se debía ser siendo «El Diego». Y las gambetas, y ese jueguito de pelota que no se caía nunca y era como un poema de Perlongher: musical, tensionante, emocionante, admirable, que invitaba a expresiones nacidas desde lo más recóndito del cuerpo: ¡Guau!

¿Saben qué pensaba «El Diego» de sí mismo? «Soy solo un jugador de futbol», dijo alguna vez.  ¿Y el amor por su familia, y su defensa por los pobres y su deseo al final de la vida de tener a sus hijos todos sentados en una misma mesa, y ese maldito designio de ser utilizado para todo, y cuando digo para todo es para todo? ¿Y ese no olvidarse de sus orígenes y decir que no se dice «fango» sino «barro» y las generosidades, de los tantos que vivieron de él? ¿Y su amor por Claudia, (porque la amó) y la conciencia de clase, y su devoción por las causas de este lado? ¿Y el baile, y el tango, y el mejor programa que tuvo la televisión argentina: la Noche del Diez?

Enterados de su muerte en Chiapas hicieron un minuto de silencio. En Chiapas, un minuto de silencio y en Buenos Aires, la cola, para su último adiós, que será el último cuando nosotros dejemos de respirar, llega de la Casa Rosada al obelisco.

El único que sabía todo de él, era él mismo, reconozcámosle el mérito. Cuántos hay que sepamos tanto de nosotros mismos sin ser «El Diego» del pueblo. Sin ser Maradona, sin drogarse como él. A veces me parece que hay que dejar de drogarse con exceso de teoría, que la doxa, a veces, mata, y saber que detrás de cada persona, detrás de cada ídolo, detrás del científico, detrás de cada mujer, de cada hombre, de cada experto, de cada personalidad, de cada teórico, de cada filósofo, detrás de «El Diego» extrañamente hay un humano. La vida no será la misma sin Él. Todos nos hemos quedado con un pedacito suyo, como buenos caníbales. «Yo me equivoqué y pagué», confesó «El Diego». Entonces me viene a la mente la enfermera esa que había en los hospitales con el dedo índice en vertical sobre la boca.

La muerte de Diego Maradona conmovió a todo el mundo. El dibujante David Squieres rememoró en The Guardian esta ilustración que había creado hace unos años para recordar el segundo gol del futbolista a la selección de Inglaterra en el Mundial de México de 1986.

Fuente: Agencia Paco Urondo

Liliana Urruti
Liliana Urruti

Comunicadora social y escritora. Integrante de Codehcom y periodista de la Agencia Paco Urondo.

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *