Libertad de presión

«La libertad de expresión es la base de los derechos humanos, la raíz de la naturaleza humana y la madre de la verdad. Matar la libertad de expresión es insultar los derechos humanos, es reprimir la naturaleza humana y suprimir la verdad.»

Liu Xiaobo, premio nobel de la paz (2010).

Enarbolando las banderas de la libertad de expresión, cierto periodismo se ha transformado en una trinchera desde donde disparar a todo aquel que tiene la osadía de cruzar el límite que el poder marca. Cuando se dice poder no se está hablando del famoso y promocionado «poder de turno», este es una entelequia, el verdadero hace desaparecer el problema y su origen.

En el año 2009, y con Cristina Fernández de Kirchner como presidenta de la nación, se sanciona el 18 de noviembre, y promulga el 26 del mismo mes, la Ley 26551 que deja sin efecto la figura de calumnias e injurias. Sin bien el Código Penal especifica, a lo largo de una serie de artículos qué sanciones corresponden si alguien incurre en estas faltas, en la modificación del artículo 117, si el autor se arrepiente o retracta públicamente de sus dichos, todo queda en fojas cero.

La decisión de la entonces titular del Ejecutivo auguraba un nuevo modo de hacer periodismo y se ponía realmente en práctica el espíritu de respetar la libertad de expresión y el pensamiento de cada uno. Lo que siguió a esta decisión es la triste historia de un grupo de animadores de noticias que, haciendo uso del poder hegemónico para el que trabajan, denigran la profesión mintiendo, presionando y armando operaciones, que sirven de catalizadores a las más sucias prácticas de coacción.

Hoy salen a la luz maniobras que se realizaron con distintos métodos y en donde, siempre, la tarea es estigmatizar a quién pudiese contener o afectar los intereses corporativos, dañando su prestigio o incluso culpándolos de delitos que no cometieron.

Se consideran periodistas y no aceptan cuestionamientos de colegas apoyándose en la idea, que se remonta a los tiempos de la antigua Roma (Canis caninam non est); es decir, perro no come perro. Cuando alguien del gremio tiene la «osadía» de mostrarlos degradando la profesión, usan el poder de los medios para los que trabajan y operan para atacar de la manera que ellos repudian.

La sociedad argentina, sufre el constante embate constante de una prensa que —si tiene color es marrón y si huele es a mierda— degradan el oficio desde hace mucho tiempo. Se han  «farandulizado» y hoy muchos son parte de un show que responde a las presiones de los grupos concentrados de poder.

Hay un refrán muy conocido que dice que «la culpa no es del chancho. . . »  Creo que debería aggiornarse a «la culpa es del chancho y el que le da de comer es cómplice».  Digo esto porque tenemos a prestigiosos políticos visitando programas de chimentos, concediendo entrevistas a seudoentrevistadores/as que hacen gala de una cruel manipulación del momento y, aunque el entrevistado defienda con entereza su postura, el privilegio del cierre de micrófono es de quien, en este caso, lo empuña.

Es controversial y hasta molesto plantear un control de lo que se dice o escribe, pero como siempre se habla o pone de ejemplo a los países centrales como modelo a seguir, vaya este ejemplo. Tim Davie, nuevo director de la British Broadcasting Corporation (BBC), decidió que los periodistas de la casa tendrán que limitarse a hacer su trabajo en la cadena pública y abandonar la costumbre de verter sus opiniones en las plataformas y redes digitales. A su juicio, la imparcialidad que debe exigirse a un servicio pago está reñida con la práctica de «influir» a quienes abonan el canon. Es de esperar que los periodistas abandonen el doble estándar que implica ser trabajador del medio de comunicación,  en su horario laboral, y luego transformarse en activista político u operador comercial.

Estos datos obtenidos del periódico digital elSubjetivo demuestran que la hiperpolitización de la vida social con la disponibilidad de una herramienta —las redes sociales— permite intervenir a tiempo completo en la esfera pública.

Es válido pensar si no es hora de establecer un sistema que garantice la libertad de expresión sin ningún tipo de traba y a la vez velar por la seriedad y veracidad de lo dicho.

Es real que la concentración de la comunicación en la Argentina hace que los grupos económicos tengan un «poder de fuego» que los hace temibles. Transforman las tapas de diarios como Clarín o La Nación en una especie de patíbulo al que nadie, por supuesto, quiere subir; esa suerte de trampa de muerte y castigo a quién se opone es usada las veces que haga falta. Los distintos factores que llevaron a la no aplicación de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual (factores propios y ajenos) hacen posible, también, la continuidad de estos verdaderos grupos de tareas mediáticos.

Frente a este panorama, una posible solución es que se pueda verificar la veracidad de lo dicho, escrito y repetido hasta el cansancio, sin poner en riesgo las fuentes y de alguna manera sancionar a aquellos que hacen uso de un poder que daña al país y a la salud mental de los que asisten, sin ningún tipo de vacuna o barbijo, al virus de la mentira premeditada.

Representan un poder que nadie voto y del que son, tropa cerrada en maniobras de guerra.

Sergio Peralta
Sergio Peralta

Periodista y docente (jubilado) mendocino. Fundador del Canal 3 de Televisión Comunitaria de San Martín, Mendoza, exdirector del LV8 Radio Libertador. Militante de la Ley de Servicios de Comunicación Audiovisual. Publica en distintos medios del país y el exterior.

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