Josefina Pérès: «El Saocom es un logro histórico para la Argentina»

La jefa de proyecto de la misión más compleja encarada por la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (Conae) habló con la agencia Tecnología Sur-Sur (TSS) de la Universidad Nacional de San Martín sobre la fabricación del satélite, que fue lanzado este domingo desde Cabo Cañaveral, los desafíos que surgieron de la pandemia y por qué es importante desarrollar este tipo de tecnología en el país.

El lanzamiento del satélite argentino Saocom 1B se hizo esperar. Comenzó a gestarse a finales de los 90, atravesó a varios gobiernos e involucró el trabajo de más de 900 científicos y científicas de todo el país. Cuando por fin llegó el momento de lanzarlo, en marzo de este año, tuvo que suspenderse por la llegada de una pandemia. Como los meses pasaban y la situación sanitaria no cambiaba demasiado, hubo que reorganizar la campaña de lanzamiento: se redujeron y dividieron los equipos entre Buenos Aires, Córdoba, Bariloche y Estados Unidos. También se adaptaron a los nuevos protocolos y se repitieron algunos ensayos. La nueva oportunidad de lanzamiento llegó en julio, pero se demoró otro lanzamiento a cargo de SpaceX, la empresa proveedora del lanzador Falcon 9, y hubo que volver a postergar. La tercera fue la vencida: el domingo 30 de agosto, a las 20.18, el cohete despegó desde Cabo Cañaveral y llevó al Saocom al espacio.

En las 36 horas posteriores al lanzamiento se hacen las maniobras de despliegue de la antena SAR (radar de apertura sintética), el instrumento que el satélite usará para medir la humedad del suelo. Se trata de una tecnología de radar que opera en banda L y tiene dos ventajas principales. Por un lado, gracias a su longitud de onda larga, puede atravesar la superficie y brindar una información detallada sobre el subsuelo. Por otro lado, a diferencia de los instrumentos ópticos de observación de la Tierra, que dependen de la energía solar, el radar emite su propia energía: esto le permite generar imágenes en cualquier condición climática y momento del día.

TSS habló con la ingeniera Josefina Pérès, jefa del Proyecto SAOCOM, de la Comisión Nacional de Actividades Espaciales (Conae), la institución que orquestó la misión satelital más compleja encarada por el país en materia satelital. «Aunque hayas trabajado tanto para este momento, cuando el satélite se comunica por primera vez desde el espacio te parece algo mágico», relata.

—¿Cuándo ingresó a la Misión Saocom y cómo fueron cambiando sus roles a lo largo del desarrollo?

—Entré a la Conae hace 15 años y me tocó trabajar en un “hijito” del Saocom, un radar diseñado para colocar en un avión que se llamaba Sarat. El objetivo era tener un prototipo que operara en la misma banda de frecuencias que el Saocom y nos permitiera entender cómo funcionaba esta tecnología novedosa. Esos cinco años fueron un verdadero laboratorio para mí, para aprender cómo funcionaba un radar. En 2011, pasé al Saocom, que estaba en la fase final del diseño. Ahí trabajé en la consolidación de los requerimientos del sistema. A partir de 2013, tuve la responsabilidad sobre los sistemas del radar. Para esa época, empecé a viajar bastante a Bariloche para hacer las pruebas con diversos modelos en Invap y me terminé mudando. En 2017, pasé a la jefatura adjunta del proyecto y ahora soy la jefa de proyecto.

Uno de los aspectos que vuelve tan complejo el uso de satélites con radares en banda L es que esta frecuencia exige una antena con una superficie de 35 metros cuadrados. Foto: Conae

—Al ser un desarrollo a largo plazo, ¿qué complicaciones tuvieron? 

—Fue un desarrollo que, por la propia complejidad técnica, ya tenía sus aceleraciones y retrocesos. Al involucrar a tantos grupos de investigadores de distintas universidades y empresas, pasó que algunos prosperaron y otros no, y hubo que pegar algún volantazo. Eso es propio de cualquier desarrollo tecnológico. A veces llegás a callejones sin salida y hay que retroceder un poco para volver a avanzar. Y hubo épocas en las que el presupuesto acompañó más que en otras. Se hicieron inversiones importantes, por ejemplo, cuando se compraron los componentes, en 2008 y 2009, y también cuando comenzó la construcción (el 1A, en 2013, y el 1B, en 2015). Así que tuvo vaivenes propios de la tecnología y propios de nuestro país, pero aunque a veces hubo que avanzar más despacio, siempre fuimos hacia adelante.

—¿Qué fue lo más difícil de desarrollar?

—Un montón de cosas. Uno de los desafíos más importantes fue que se eligió usar un radar en banda L para que sea capaz de atravesar la superficie de los suelos. Esto significa que tiene una longitud de onda muy grande, por lo que tuvimos que construir una antena enorme, de 35 metros cuadrados, cuyo desarrollo mecánico estuvo a cargo de la Comisión Nacional de Energía Atómica (CNEA). Necesitaban un material con una combinación muy complicada: tenía que ser liviano y rígido a la vez. La antena tenía que ser un plano prácticamente perfecto, al punto que, si tirás una bolita encima, se tiene que quedar quieta. También tuvieron que diseñar las maniobras del despliegue, que se hacen durante las primeras 24 horas posteriores al lanzamiento. La gestión de proveedores y la integración de todas las partes también fue un gran desafío.

—Una vez fabricadas las distintas partes, ¿cómo se definieron y realizaron los ensayos?

—Gran parte del diseño de un satélite está regido por los condicionantes del lanzamiento. En el caso del Saocom, hay 14 minutos desde que el cohete despega hasta que se produce la separación. Toda la estructura mecánica tiene que diseñarse para que sea capaz de soportar ese ambiente agresivo. Luego, es necesario realizar numerosos ensayos. Tanto los paneles de la antena, que son siete, como los paneles solares, se fabricaron en la CNEA. Ahí se realizaron algunos ensayos y luego se trasladaron a Córdoba para hacer ensayos acústicos, térmicos y de vibración, entre otros. En tanto, la performance del radar y su ciclado térmico se realizaron en Córdoba. En paralelo, en Invap se estaba haciendo la plataforma central y la electrónica del radar. Una vez que esas grandes partes atravesaron sus pruebas por separado, se juntaron en Bariloche, donde se integraron y se realizó el último ensayo de despliegue de la antena. Cuando estuvo listo, se trasladó a Estados Unidos. Ahí se hizo un set reducido de ensayos que tiene que ver con lo que pudo haber sufrido en el traslado, que es muy poco porque tanto el avión como el contenedor que llevan el satélite son muy seguros. Allá también se integró el panel solar, que viajó por separado. El último ensayo se hizo pocos días antes del lanzamiento y consistió en simularlo como si fuera ese día, desde 10 horas antes hasta el momento en que se prende.

—¿Cuál fue su rol en el lanzamiento y en las 36 horas críticas posteriores?

—Yo estoy en el grupo de Soporte de Ingeniería, en la sede de Invap. Hay algunas operaciones que necesitan que el equipo de Soporte realice según las variables que observamos, por ejemplo, térmicas. Puede ser que aconsejemos esperar a la próxima pasada del satélite para realizar alguna operación. Con el 1A, pasaron algunas cosas que en general estaban planificadas, como temas de temperatura, pero el satélite está diseñado para protegerse, es más conservador que nosotros. En uno de los despliegues de la antena pasó que la caja se negó a desplegar porque había una temperatura muy baja para el umbral que teníamos. Nosotros analizamos la situación y tomamos la decisión de cambiar el umbral para permitirle desplegar el panel.

—¿Cómo vivió la decisión de suspender el lanzamiento en marzo y estos últimos meses, en los que tuvieron que reorganizar la campaña para lanzarlo durante la pandemia? 

—Fue una decisión dura, me acuerdo que discutíamos todos los días. Técnicamente, la situación era bastante parecida a la que tenemos hoy, pero en ese momento era más impredecible el contexto. Además de los centros de Estados Unidos y Córdoba, están las estaciones que nos dan soporte, distribuidas en distintas partes del mundo, como Italia, Perú, Noruega y la Antártida. Había que ver cómo estaba la situación en cada lugar y era muy complejo. Ahora, la situación no es tan distinta pero estamos preparados. Una vez que quienes habían ido a Estados Unidos volvieron e hicieron cuarentena empezamos a trabajar para cerrar todo lo que había quedado en pausa y monitorear la situación día a día, para ver cuando se daban las condiciones para poder lanzar. Fue un gran esfuerzo de reorganización pero nos adaptamos bien al teletrabajo.

Centro de Control de la Misión Saocom en el Centro Espacial Teófilo Tabanera, en Córdoba. Foto: Conae.

—¿Por qué es importante que la Argentina desarrolle este tipo de tecnología?

—El Saocom es un buen ejemplo de que, más allá del objetivo para el que fue construido, genera un conocimiento que derrama en el ambiente productivo, generando nuevos grupos de investigación y la creación empresas, entre otros aspectos. A veces es difícil ver los resultados porque son procesos largos pero son muy valiosos, siempre suman. El área de radares de Invap nació porque la Conae le fue a pedir un radar que nunca se había hecho en la Argentina. En la CNEA, se generó un laboratorio de materiales. Nosotros mismos somos un resultado de ese proceso: jóvenes profesionales formados en nuestro país. La industria satelital es un ejemplo de que cuando se le da continuidad a un desarrollo tecnológico como política de estado siempre se logran beneficios.

—¿Cómo sigue su trabajo después del lanzamiento?

—Desde hace un par de meses, estoy en la Subgerencia de Proyectos Satelitales y me toca trabajar en la gestión y articulación de los recursos. El desafío próximo es el Satélite Argentino-Brasileño para Información del Mar (Sabia-Mar), que ya está en etapa de  construcción de modelos. Además, hay un proyecto para hacer un satélite meteorológico latinoamericano, en el que tenemos que empezar a trabajar. También tenemos que hacer un balance del Saocom, para ver qué queremos mejorar y cómo vamos a garantizar la continuidad de los datos una vez que se termine su vida útil.

—¿Qué significa para usted esta misión?

—Es un logro histórico para la Argentina. Un proyecto de una dimensión que movilizó a gran parte del sistema científico-tecnológico nacional, desde su desarrollo hasta su aplicación. Tener datos radar de banda L es algo muy novedoso, hay todo un nicho de inteligencia artificial y de software por desarrollar a partir del Saocom, así que seguirá teniendo brotes. Personalmente, tiene un significado especial porque mi papá trabajaba en el Saocom, murió en el año 2005 y me tocó seguirlo. Es como un legado. Además, invertí muchos años en esta misión. ¡Hasta me terminé mudando a Bariloche! Venía seguido por los ensayos de radar, después encontré el amor —su pareja trabaja en Invap— y me quedé acá. Así que todo en mis últimos 15 años giró en torno al Saocom.

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Nadia Luna

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