Del interregno a la transformación

No soy de los que creen en esa fábula del acuerdo social políticamente correcto ni en la fe de «tirar todos para el mismo lado». En cambio, sí creo que es prioritario reforzar y ampliar, desde la esfera pública, el Pacto Democrático que trabajosamente la sociedad viene construyendo desde 1983.

La pandemia deja lecciones sobre las que aprender y avanzar en políticas que tengan un efecto de mejora social. Agravando situaciones que ya existían, este drama mundial —que desacreditó el andamiaje teórico que justificó la globalización neoliberal y sus excesos— produce condiciones para repensar algunos problemas que a partir de ahora se pueden cambiar.

La pandemia grabó en la conciencia social evidencias y desenmascaramientos que, sin embargo, no alcanzan para torcer las relaciones de poder existentes.  Tales evidencias y desenmascaramientos pueden debilitar el status quo neoliberal, pero no al punto de provocar su caída.

Claramente, las evidencias señalan la necesidad de mayor autonomía nacional en temas estratégicos como la salud pública; la centralidad del trabajo como creador del valor económico y del consumo para realizar ese valor; la diferencia que marca una dirigencia pensante de valores claros y humanistas; y la evidencia de que solo el Estado, si está enfocado en la vida, puede gestionar en favor del interés general, y no el mercado, centrado en las ganancias.

Sintetizando, la admisión generalizada de que las ideas y políticas neoliberales son responsables del desastre económico, social y político en el que se encuentra Occidente no alcanza para provocar su caída pero abrió un espacio político para que se produzca una transformación que, al menos, termine con el capitalismo salvaje.

En la Argentina esa brecha se abrió antes con la llegada del Frente de Todos al gobierno. Pero la fallida intervención al conglomerado Vicentin muestra que con los votos o el amplio respaldo al Gobierno por el manejo de la pandemia no alcanzan o son insuficientes para torcerles el brazo a los dueños del poder y construir una sociedad basada en un modelo desarrollo sostenible e inclusivo con un Estado activo. Como el alfonsinismo primero y el kirchnerismo después, Alberto Fernández creyó que bastaba con la legitimidad de los votos para afectar los intereses del poder.

Siguiendo entonces el análisis de Sheri Berman[i], todo parece apuntar a que en la Argentina a la salida de la pandemia nos espera un interregno; es decir, un periodo —que suele ser conflictivo— en el que un viejo orden se está derrumbando pero todavía no ha tomado su lugar uno nuevo.

Las alternativas son claras. Por un lado el viejo orden neoliberal y reaccionario, que desoye voces científicas y pretende, por cualquier medio, mantener los privilegios que siempre ha tenido. Esta alternativa considera a la Argentina como de su propiedad.[ii] Por el otro, la alternativa democrática, popular y progresista, basada en la constatación de que la inversión social es fundamental para la supervivencia de la sociedad y de una economía orientada hacia el bien común de la población.[iii]

La posibilidad de un cambio permanente en el rumbo histórico hacia la construcción de una economía social depende de la capacidad de las fuerzas progresistas para construir poder y gestionar alternativas viables, atractivas y diferentes que reafirmen la autoridad estatal para resolver los problemas públicos, además de superar la inercia individualista de la sociedad argentina y de buena parte de su dirigencia.

Pero no todo pasa por el Estado. La construcción de consensos y de relaciones de fuerza favorables para un proyecto de desarrollo democrático y con inclusión social también necesita de una esfera pública vibrante, activa, amplia, deliberativa y participativa.[iv] La esfera pública es el espacio donde las personas actúan como ciudadanos, se validan las diferentes posiciones ideológicas bajo un criterio común y donde se fortalece la convivencia democrática. Justamente lo contrario de lo que pretende la derecha, empeñada en deslegitimar al Gobierno con la receta del discurso de odio que debilite la convivencia democrática.[v]

Es en este espacio donde hay que construir nuevos consensos más allá de los núcleos duros o de los votos y dar un sentido de futuro a la política. En éste ámbito hay que discutir cómo se organiza el Estado y cómo distribuye sus capacidades institucionales para mediar entre los actores sociales. Esto implica separar la voluntad de los gobiernos, de las capacidades estatales que se van construyendo para morigerar los efectos de la crisis y generar una nueva normalidad, que no es otra cosa que la creación de nuevas pautas de interacción.

De lo que se trata es qué y cuánto hay que hacer para fortalecer desde la esfera pública el pacto democrático que trabajosamente la sociedad viene construyendo desde 1983 alrededor del Nunca Más, el respecto irrestricto al estado de derecho, la convivencia y la resolución pacífica de los naturales conflictos de una sociedad y el compromiso con la competencia política como mecanismo de acceso al poder.[vi] En otras palabras, reinstalar un debate que permita construir acuerdos, saber en qué estamos de acuerdo y qué no, y cómo hacemos para, recién después, plantear un nuevo contrato social entre los argentino. Y sentar bases contundentes que permitan emprender caminos sólidos de desarrollo con justicia social.

En el marco entonces de la esfera pública es preciso debatir y validar, entre otros tópicos, el trabajo en relación con las nuevas tecnologías, el desarrollo productivo y la sostenibilidad medioambiental, la soberanía alimentaria. También, la integración regional y el lugar de la Argentina en el mundo.

En tal sentido, hay que debatir cómo se construyen nuevos «Nunca más» para no reincidir, por ejemplo, en una situación de endeudamiento como el que estamos viviendo, o volver a los «sótanos de la democracia» o al hambre en la Argentina. Desde luego, no se trata sólo de generar acuerdos sociales políticamente correctos sino que realmente permitan poner en marcha la dinámica y dirección política, económica, social y cultural de la democracia argentina.

Una reflexión final, todo esto reclama obviamente plantearse cómo se construye la sostenibilidad política del modelo de desarrollo con justicia social, inclusión, federalismo, soberanía nacional y participación ciudadana y popular.

[i] Recomiendo la lectura en este blog de su nota La izquierda ante la crisis del neoliberalismo, como también el artículo de Juan paz y Miño Cepeda ¿La crisis cambiará la historia latinoamericana? Ambas dan contexto a esta nota.

[ii] Una vez más es preciso recordar que la burguesía concentrada y neoliberal argentina es «antinacional, porque subordina la realidad interna a las señales del mercado mundial e impide su transformación» (A. Ferrer, El empresario argentino, 2014).

[iii] Para un país subdesarrollado como la Argentina la inversión privada sin direccionamiento estatal no es una posibilidad de desarrollo y menos aún puede financiarse mediante movimientos de capital financiero de corto plazo. Privada, pública o mixta requiere que el Estado dirija o coordine el proceso económico y social.

[iv] Citando a Habermas: «Por esfera pública entendemos un reino de nuestra vida social, en el que se puede construir algo así como una opinión pública. La entrada está garantizada a todos los ciudadanos. En cada conversación en la que los individuos se reúnen como público se constituye una porción de espacio público. […] Los ciudadanos se comportan como público cuando se reúnen y conciertan libremente, sin presiones y con la garantía de poder manifestar y publicar libremente su opinión, sobre las oportunidades de actuar según intereses generales. En los casos de un público amplio, esta comunicación requiere medios precisos de transferencia e influencia: periódicos y revistas, radio y televisión son hoy tales medios del espacio público». Habermas, Jürgen; Lennox, Sara y Lennox, Frank, La esfera pública: un artículo de enciclopedia, New German Critique , Nº 3, 1974.

[v] Aprovechando la intervención de Vicentin la derecha lanzó su más brutal ofensiva. Uno de sus objetivos es precisamente debilitar la convivencia democrático a partir de un discurso que propone a la sociedad la imagen fantaseada de un otro político (el gobierno, el peronismo, etcétera) siempre amenazante, al que hay cercar en los bordes de la ilegitimidad. Si la política democrática de los años 80 se fundó en el reconocimiento democrático, su legado más potente consistió en la creación de un orden político donde la incorporación del otro está garantizada.

[vi] Aunque parezca insistente, siempre es bueno recordar que la política democrática de los años 80 se fundó en el reconocimiento democrático y que su legado más potente es la creación de un orden político donde la incorporación del otro está garantizada. Precisamente lo que intentó romper el gobierno del PRO con la persecución judicial y el espionaje  a los opositores.

Marcelo Valente
Marcelo Valente

Comunicador. Miembro de la redacción de Infogei. Coordinador General de Comunicación Institucional del Senasa (2004-2013), jefe de Prensa de la Secretaría de Ambiente de la Nación (2003-2004), director provincial del Ministerio de seguridad de la Provincia de Buenos Aires (1996-1998). Integrante de Codehcom.

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