Los medios, sus fines y los Baby de Rosemary

Cada tanto, un señor con cámara, música, letra o facha disfraza su impunidad en libertad de expresión para exponer su misoginia (sin filtro) en algún medio. Las manifestaciones de repudio, inmediatas en todas las redes, son difundidas y viralizadas por los mismos medios que le dan tiempo y lugar al horror. Sucedió estos días tras las declaraciones de un varón con largo recorrido misógino (Baby Etchecopar) invitado, junto a otros tres señores, a una cena televisada y conducida por una bella joven. Pero también son inolvidables los dichos del músico pro violación, del saxofonista-conductor denunciado por acoso, del alguna-vez-progre periodista transodiante, del galán que las mujeres-mejor-si-madres, del actor-empresario denostador de denunciantes y defensor de denunciados de abuso y violación.

El grado sexista de los mensajes es variable, y la lista interminable se actualiza minuto a minuto, con más rapidez y eficacia que las cifras de contagios y muertes por Covid-19. ¿Cómo? ¿Por qué? Porque la violencia machista no es ni una pandemia ni una enfermedad ni una patología, y los violentos no están ni infectados ni son enfermos ni trastornados. La violencia machista es, si acaso, un delito, pero fundamentalmente un mecanismo de sometimiento, opresión y humillación de una clase privilegiada con poder sobre una clase oprimida sin derechos.

“La violencia contra la mujer es un disciplinamiento toda vez que una persona, siendo mujer, se considera persona y actúa en consecuencia. Y en términos más prosaicos, la violencia contra la mujer es un delito y una tarea pendiente para el parlamento argentino en la tipificación y reglamentación de la Ley 26.485 de Protección Integral para la Prevención, Erradicación y Sanción de la Violencia contra las Mujeres en todos los ámbitos de sus relaciones interpersonales”, explicó recientemente la psicóloga Cristina Lobaiza, a propósito del equívoco extendido de utilizar el término pandemia para referirse a los femicidios en estos tiempos.

Entre esos ámbitos de relaciones interpersonales están los medios de comunicación que, por supuesto, no sólo no evitan reproducir, sino que en muchos casos alimentan los mecanismos de sometimiento del sistema de dominación patriarcal. Como el poder judicial, político y económico, los medios (y sus fines) tienen además un grado de responsabilidad mayor en la difusión y sostenimiento de estos resortes de violencia. Que en las organizaciones de medios hay una enorme concentración de poder por parte de los varones, que esto resulta en la reproducción sexista y andocéntrica de los contenidos y la estructura laboral es una realidad a la que la investigación “Organizaciones de medios y género”, realizada por la Asociación Civil Comunicación para la Igualdad y la Fundación para el Desarrollo de Políticas Sustentables (Fundeps), tradujo ya en 2017 con las siguientes cifras:

  • El 78% de las empresas de medios está dirigida por varones.
  • El 70% de los sindicatos de prensa está dirigido por varones.
  • Las áreas más valoradas de los medios y de las secretarías sindicales están ocupadas por varones.
  • En sólo una carrera de comunicación hay una materia sobre temas de género dentro de la currícula de grado obligatoria.
  • El 64% de las personas que estudian comunicación son mujeres.
  • El 30% de las personas que trabajan en empresas periodísticas son mujeres.
  • El 24% de las personas afiliadas a sindicatos de prensa son mujeres.

La investigación concluyó que existen otros obstáculos de carácter más simbólico como las estrategias de ascenso masculinas y masculinizadas, como el lobby; las formas de liderazgo violentas y autoritarias, reproducidas incluso por las mujeres que logran ascender; todo un sistema de opresión sostenido a fuerza machista y que funciona en silencio hasta que alguno (o alguna) lo encarna en su voz y su cuerpo sin la máscara de lo políticamente correcto. “El problema no está en estos casos de célebres misóginos y sexistas con trayectoria. El problema, en este último episodio, está en Canal 13 y el programa de Mirtha Legrand que le dan micrófono a una persona como Baby Etchecopar”, señala Sandra Chaher, comunicadora feminista y presidenta de Comunicación para la Igualdad.

“Creo que como periodistas nos debemos ese debate. Sobre todo, en países como el nuestro, con índices altísimos de violencia institucional y política, nos preguntamos si vamos a darle micrófono a un dictador, a un genocida, a personas con trayectorias históricas de violencia. Deberíamos hacernos la misma pregunta con relación a la violencia de género; si no, le estamos bajando la gravedad a este tipo de violencia”, concluye Chaher. Se trata entonces de desarmar y derribar estructuras y prácticas que acostumbran a ver la paja en el ojo ajeno, darle micrófono al discurso de la violencia y hacer oídos sordos a las voces denunciantes.

Porque además la desigualdad estructural en los medios de comunicación se traslada ineludiblemente a sus contenidos. Los resultados del Proyecto de Monitoreo Global de Medios (2015) lo señalaron en términos de centralidad y presencia en las noticias: las mujeres son centrales en un 32%  en prensa gráfica y los hombres ocupan un 68%; en radio la diferencia es mayor (mujeres 25%, hombres 75%), y en televisión se mantiene casi en el mismo porcentaje (28% mujeres, 72%  varones). Agrega el mismo informe que es lamentable observar que en la mayoría de las noticias se produce el reforzamiento de los estereotipos en temas relacionados con política y gobierno (87%), crimen y violencia (85%), celebridades  (79%) y economía  (77%), donde las notas obtienen los porcentajes más altos de estereotipación.

Sobre los Baby y sus expresiones misóginas por Tevé, resta decir que ha llegado la hora de escuchar la voz de Rosemary antes del horror, de hacer foco en la violación de su marido Guy, el hostigamiento de sus vecinos, la desmentida profesionalizada y la violencia estructural. Y de paso —¿por qué no?—, anunciar que el próximo éxito cinematográfico sobre esta historia lo dirigirá una persona sin denuncias por abuso sexual, violencia o violación. Y recordar que, en Argentina, el aborto es legal si el embarazo es producto de una violación o si representa un riesgo para la vida el bienestar físico, emocional y social de la persona gestante.

Fotografía: Daniel Raichijk

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Ximena Shinca

Comunicadora feminista, docente, integrante de Codehcom y de la organización Global Women’s Strike.

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