Encierro

A propósito de la exitosa miniserie de Poco ortodoxa (Netflix), sobre una joven que decide abandonar la comunidad hermética a la que pertenece, la filósofa Diana Sperling analiza la relación entre la reclusión transitoria surgida como efecto de la pandemia de coronavirus y el encierro permanente en el que viven algunas comunidades humanas.

En estos días de cuarentena, resulta muy interesante conocer la vida de la cerrada comunidad judía Satmar de un barrio de Brooklyn, a través de la historia de la joven Esty Schapiro, protagonista de la miniserie Poco ortodoxa.

Si la reclusión por el coronavirus supone preservar la salud, ¿cuáles son las tensiones que surgen cuando un miembro de un grupo asfixiante elige salir del encierro? ¿Cómo es abandonar una secta, una relación extremadamente cerrada, un manicomio, un país opresor? ¿La libertad que se anhela está efectivamente en el afuera?

La filósofa, escritora, ensayista y docente Diana Sperling[1] se refiere al tema en esta nota y al abrir con su pensamiento distintas posibilidades, no ofrece una única respuesta sino que invita al lector a que siga reflexionando.

Pero antes, repasemos un poco el cuento de esta autoficción —está basada en una historia real—  que atrae poderosamente al público de Netflix en distintos países del mundo y se ha convertido en un fenómeno por la masividad de su audiencia.

Esty es Esther, una chica de 19 años que ama la música y a quien le gusta cocinar los platos tradicionales de sus ancestros. Esty proviene de una familia que algunos psicólogos diagnosticarían como disfuncional, aunque ningún miembro del grupo al que ella pertenece haría psicoterapia sino que acudiría al rabino. Su padre es alcohólico y su madre (por algo que se revelará avanzada la trama) más adelante tiene que dejarla. En su comunidad, alejarse de la familia no es una opción o, en todo caso, hacerlo implica un drama y una condena. Aquí la elección se va plasmando con sufrimiento y dolor porque Esty quiere ser libre y entre su gente, allá en Williamsburg, Brooklyn, en el estado de Nueva York, tal posibilidad no se contempla.

La chica que en la ficción tiene 19 años, toca el piano y adora a su afectuosa bobe húngara (la actriz Dina Doron), ¿dejará o no ese cerrado microcosmos para ser quien desea ser?

En tanto, la actriz protagonista Shira Haas cuenta en una entrevista realizada durante la promoción: «suelo reírme del hecho de que en los últimos dos años interpreté a mujeres de 17, 16 y 24 años. Así que desde 2018 crecí como ocho años gracias a mis personajes. Es una especie de súper poder».

Escenas conmovedoras  

La miniserie, de cuatro episodios dramáticos con rasgos detectivescos, está basada en la autobiografía de Deborah Feldman y fue escrita por Anna Winger. Narra la dura vida de esta joven mujer que pertenece a la rama ultraortodoxa del judaísmo, un desprendimiento del jasidismo tradicional[2].

Haas nació en Israel e interpretó a Ruchama en la serie Shtisel y participó en la película Una historia de amor y oscuridad, basada en la vida del Amós Oz dirigida por Natalie Portman. Para esta serie alemana que revela la vida de esta comunidad que funciona en cierto modo como una secta, Haas tuvo que aprender en un mes a hablar en idish. Ese es, antes que el inglés, el idioma en el que los personajes hablan en su vida cotidiana.

Esty, encarnada con fragilidad y potencia a la vez, vive bajo el oscuro paraguas de lo férreos hábitos, convicciones religiosas y evocación permanente del Holocausto, características propias de esta corriente de judíos jasídicos de Brooklyn. Las mujeres casadas son peladas y usan sheitel, peluca. Crían niños, usan ropa oscura y recatada y no tienen estudios superiores porque no se los permiten. Los hombres usan mechones largos como cairelesshtreimel, sombreros de piel, y leen solo las escrituras sagradas. No usan celular, salvo Moishe (Jeff Willbusch), primo del marido de Esty, Yanky, encarnado por Amit Rahav. Acá los matrimonios son arreglados y la mayoría se adapta y hasta consigue a su modo algo de felicidad.

Con varias escenas conmovedoras (como la del traumático corte de pelo o la de la ilusión de la protagonista durante su casamiento) y un dinamismo que se agradece, llena de contrastes entre las calles desangeladas del Williamsburg neoyorkino y un Berlín más colorido, la monocromía de Lee Avenue con sus fachadas viejas y sus niños vestidos como adultos frente a la diversidad paseando por Unter den linden y la Puerta de Brandeburgo, Poco ortodoxa es un viaje ficcional al interior de un grupo sólo en apariencia conocido en la ciudad de Buenos Aires cuando circulan por las calles de Once, Villa Crespo, o Flores y Floresta.

La lucha entre el adentro y el afuera

¿Qué tiene de diferente este encierro a otros encierros? Se pregunta Sperling y contesta: «Esty Schapiro, la protagonista de la serie Unorthodox, aspira a salir de la comunidad ultraortodoxa de Brooklyn donde ha nacido y se ha criado, para ingresar al mundo “civil”, a la sociedad moderna y secular».

Los habitantes de buena parte del planeta esperamos, impacientes, que finalice la reclusión por la pandemia y podamos retomar nuestras vidas normales”.

«Toda situación de confinamiento implica una lucha entre el adentro y el afuera. El interior es seguro, amigable, protector, mientras que lo externo se ve como peligroso», señala la autora de Genealogía del odio, Filosofía para armar y La diferencia. «La amenaza consiste en que “algo” viene de ese afuera y, si ingresa al sitio cerrado, puede enfermar e, incluso, matar. Lo de afuera invade, impurifica, contagia, destruye una existencia que consideramos sana y correcta».

«En la pandemia, esa amenaza es biológica y avalada por la ciencia. En las comunidades ultrarreligiosas o sectas de cualquier tipo, el peligro es más del orden moral o ideológico. Pero el paradigma científico del virus funciona perfectamente como alegoría para el otro plano. En ambos casos, una forma de vida corre el riesgo de ser disuelta o aniquilada. (Ver, si no, el imprescindible y actualísimo libro de Roberto Esposito, Immunitas). Una diferencia clave entre el caso de la serie y la pandemia es que, en el primero, el encierro de ese grupo es permanente, una forma de vida elegida (o acatada) como “normal”. Hay allí, en general, conformidad y alegría. En el segundo, es una situación temporaria, aceptada como medida imperiosa pero con la perspectiva de que llegue a su término en un tiempo relativamente corto. Lo “normal” está afuera. El confinamiento es anómalo y por razones de fuerza mayor. Su afecto es la resignación».

«Pero en ambos, tal como en las películas tipo Alien, compara la ensayista, se percibe que seres extraños, venidos de otros mundos, se apoderan de los humanos y los transforman en otra cosa, los “desnaturalizan” desde adentro. Fantasía nada nueva: ya desde la más remota antigüedad sabemos de relatos acerca de posesiones demoníacas y fantasmas por el estilo. Tal vez, era la forma de expresar algo que siempre hemos sabido —sin saber que lo sabíamos— acerca de la estofa “impura” de lo humano. Luego llegará Freud para anoticiarnos de que estamos, en efecto, habitados por una alteridad que, lejos de ser exterior y ajena, es el carozo mismo del sujeto. Ese intruso —el inconsciente— adopta por momentos el rostro de lo Unheimlich, lo siniestro, lo que anida en lo más íntimo y es, a la vez, lo más extraño. A partir de ahí, la barrera entre interior y exterior queda horadada: lo más amenazante puede estar aquí mismo, dentro de casa, en mi cuerpo.»

Así lo siente Esty. Para ella, la presión endogámica es insoportable. No hay allí singularidad, cada generación es un pasaje de lo mismo a lo mismo en una reproducción calcada. De ahí que ella afirma, una y otra vez: «Soy diferente». Pero es justo eso lo que se percibe como amenaza: la diferencia. La alteridad. Su salud, intuye la chica, está en el afuera. Paradójicamente, para ese grupo la libertad solo se da en el interior, allí donde pueden practicar sus rituales y sus costumbres sin ser perseguidos ni cuestionados. Para Esty, esa es su esclavitud: no se puede no practicar esas costumbres. No puede elegir.

¿Podemos nosotros? ¿Somos tan libres como creemos? ¿Es solo un virus lo que nos confina y nos encierra? La renuncia a toda tradición, a la transmisión de mensajes milenarios, el desprecio por rituales que consideramos «primitivos», la compulsiva ansiedad por ser híper modernos… ¿No son otras tantas formas de estar prisioneros de imposiciones que no percibimos como tales?

Mientras ya está confirmada la realización de una nueva temporada de Shtisel,  Sperling  y cientos de miles de telespectadores esperamos ansiosos una segunda temporada de Unorthodox. «Habrá que ver si ese mundo idealizado, esa vida con la que Esty sueña no trae, también, otras formas de sumisión y angustia, otros empujes de violencia soterrada y de exigencias que se presentan con el rostro encantador de la elección personal. Quizás las antinomias tan férreas (adentro/afuera, antiguo/moderno) sean engañosas, y debamos reconocer, como adultos, que la realidad es más compleja, contradictoria y mixta de lo que nuestros sueños infantiles nos hicieron creer».

 [1] Diana Sterling (Buenos Aires, 1948) es filósofa, escritora, ensayista y docente. Doctora en Filosofía por la Universidad Nacional de Córdoba

[2] El jasidismo es una rama del judaísmo religioso fundada en el siglo dieciocho por el rabino polaco Baal Shem Tov. En su versión actual, se opone al estado de Israel por considerar que su existencia es un obstáculo para la llegada del mesías.

Fuente: Nueva Sión

Laura Haimovichi
Laura Haimovichi

Periodista, escritora y artista. Fue editora de Revista Genios y colaboró en diversas publicaciones. Es autora de los libros Laetitia (crónica de un desnudo), El legado de Aarón, Agua en la luna, De par en par y Broderí, entre otros. Escribe sobre artes escénicas en el blog todoteatro.com

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *