La gigantesca tarea para el día después del coronavirus

Ni siquiera hemos visto «la luz al final del túnel», dicho esto con las debidas disculpas dado el uso inapropiado que se ha hecho de la frase. Tampoco hemos resuelto el momento porque, a pesar de lo mucho que se hizo, las penurias y las necesidades son enormes y las carencias tan alarmantes que claman justicia. Claro está que detrás de la crisis coyuntural, hay grandes deudas estructurales nunca saldadas en favor de los derechos ciudadanos. Sin embargo gran parte de los discursos insisten hoy en el «día después».

No todas las menciones, por supuesto, están movidas por idénticos intereses, similares intenciones o propósitos. Está claro que mientras el Gobierno y, en general, las fuerzas que se agrupan en torno al oficialismo intentan dimensionar la magnitud de la crisis y de la tarea de recuperación que se avecina, desde la vereda opuesta «el día después» es una especie de grito desesperado pidiendo que se termine «esto». ¿Qué es «esto»? En lo político una etapa en la que imprevistamente para ellos, Alberto Fernández, en primer lugar, y el Gobierno, en general, llenó sus alforjas con respaldo genuino aunque ello no pueda leerse sin más como poder político. En lo económico y a pesar de la crisis, una instancia en la que, por decisión de la conducción gubernamental, el Estado acrecentó su presencia, apareció no solo como un jugador fuerte, sino en algunos casos como el fiel de la balanza y en otros, directamente como el lugar del refugio y la salvación. En consecuencia, «esto» … que nos está pasando, llamémosle pandemia, terminó siendo un dolor de cabeza y una enorme molestia para los dueños del poder que llegaron hasta aquí engolosinados con el rechazo de la política, el desplazamiento de los políticos para dejar el lugar a los «ceos» y con el desmantelamiento del Estado para ceder hasta lo elemental a la voracidad privada.

Todos y todas vivimos la crisis de la pandemia como una larga noche o como un oscuro y largo túnel (para seguir con la metáfora poco feliz) del que queremos salir. Pero quizás la única coincidencia está en una formulación que resulta hasta contradictoria: «todo va a cambiar».

Quienes en realidad se resisten al cambio, por más que lo hayan utilizado como estandarte y eslogan político, han encontrado en el caceroleo capitalino una condensación simbólica. Lo que reclaman en realidad es el regreso a la «normalidad» capitalista, amenazada por este avance del Estado que les huele a «comunismo» (puede ser «chavismo»en alguna otra versión). No quieren que les toquen ni sus privilegios, ni sus bolsillos, ni sus intereses. Y se espantan porque hasta el papa Francisco reclama «un salario universal….para que ningún trabajador se quede sin derechos». Como buenos fieles cristianos guardianes de la ortodoxia doctrinal se rasgan las vestiduras ante el Papa peronista… anche comunista.

Nada dicen, en cambio, acerca de que el Gobierno ha sido sumamente cuidadoso (para otros demasiado tibio) en herir susceptibilidades del capital, en tocar intereses de grandes empresas o, mucho menos, en afectar al sector financiero. ¡Faltaba más! fue la expresión que quedó registrada en algún intercambio en video conferencia entre respetables empresarios que mantienen sus sociedades en paraísos fiscales mientras dicen estar preocupados por el destino del país.

Del otro lado, entre quienes se ilusionan con el cambio (¿el campo nacional y popular?), también existe una ilusión construida acerca del día después. «Nada podrá ser igual» (¿¡…!?) se escucha decir, sin saber exactamente si se trata de una expresión de deseo, de un objetivo político o de una manifestación que mensura la magnitud del desastre, del presente y del que se avecina (al final del túnel), y la transforma en una exclamación que solo amplifica el desconcierto, sin traducirlo aún en acciones que le pongan alguna dirección al cambio.

Porque si de aprender de la crisis se trata y la pandemia dejó en evidencia que sin Estado presente y actuante no hay derechos garantizados, la pregunta a responder es: ¿qué haremos cuando «esto» termine para fortalecer el Estado, hacerlo más eficaz y una herramienta para garantizar derechos ciudadanos? Porque si la Covid-19 solo se combate estando juntos y organizados ¿qué haremos para seguir fortaleciendo nuestras organizaciones y para construir poder político desde las bases? Porque si la concentración de cualquier tipo, económico, mediático, financiero ha sido un obstáculo de primer orden para facilitar las soluciones: ¿qué haremos mañana para combatir los oligopolios y los monopolios en el rubro que sea? ¿Ha construido el Gobierno suficiente poder (simbólico, político, económico, social, etc.) como para producir un cambio en la correlación de fuerzas? Y así valdría seguir no solo haciéndose preguntas, sino sobre todo encontrando respuestas.

Porque, está claro, que el día después, la resistencia al cambio seguirá presente, actuante, produciendo sentido y ganando adhesiones en cada cacerolazo alimentado por el sistema concentrado de medios que fabrica hoy la política. Y por el contrario, de ninguna manera el cambio deseado llegará por defecto. Hay que militarlo, hay que construirlo. La tarea es gigantesca y seguramente requerirá nuevas ideas, mucha imaginación, pero también movilización social.

Washington Uranga
Washington Uranga

Integrante de Codehcom, periodista, docente universitario, investigador en temas de comunicación.

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